Tecnopolis o un futuro pasado

 

Por Jeremy Rubenstein y Marilina Winik

Experiencia glaciar, simulador aéreo, tecnologías interactivas, Fuerza Bruta, ciencia, arte, murga pos-nuclear, radio, rock nacional, plasmas, dinosaurios, televisión, 3D, fast food, Internet; acá lo tenés todo, estás en Tecnópolis, diversión asegurada para niños y adultos. Al igual que otros parques temáticos al estilo Disney World, Tecnópolis construye una mirada muy peculiar dirigida a la “generación del bicentenario” y a la argentinidad toda.

Con entrada gratuita el domingo soleado es el día ideal para que las familias visiten el predio. El porvenir será tecnológico o no será, y hoy sentimos que es nuestra oportunidad de acceder al mañana gracias a la ciencia que vendrá. Sin embargo, luego de un rato de atravesar pabellones y de esperar en filas interminables, nos aqueja una duda cada vez más lacerante: ¿dónde están las tecnologías? ¿los blancos reales de las técnicas pregonadas no seremos nosotros mismos? Poco a poco, aquellos eslogan propuestos como “innovación científica”, “nuevas energías renovables”, o “miradas al futuro” pasan a tener otros sentidos que suenan un poco menos simpáticos –como “control social”, “gestión de recursos humanos”, “control de flujos”, “sociedad espectacular”, “línea de montaje”- y más biopolíticos.

Nos decidimos por la “experiencia polar”. Quien dirigía, ordenaba y llamaba la atención era una joven de campera fluorescente, portadora de una gorra estilo “DEA” y un micrófono integrado. Cada vez que ella hablaba, su voz salía por un parlante que colgaba de su cuello, la voz filtrada por el micrófono parecía salir de un robot. Quizás sea ella la chica futura de Tecnópolis, muy parecida a la soñada por Fritz Lang en Metrópolis al fin de los años ’20 del siglo pasado. Al parecer esa metodología servía, ya que los niños le hacían caso cuando rectificaba la fila. Una vez dentro del pabellón, nos sumergimos en una escenografía “estilo Antártida” donde se desplegaba información, en diversos formatos como entrevistas a científicos, fotos históricas de los pueblos configurados en pequeños documentales, que eran loops y se veían en plasmas y paneles.

Luego, nos llamó la atención un pabellón deliciosamente bautizado “Orgullo Nacional”, no era una muestra sobre las Marchas del Orgullo, sino un galpón de la época en el que funcionaba el Batallón 601 (de “inteligencia” militar) en este mismo espacio, y donde ahora se presentan supuestos florones de la Industria Nacional. Curiosamente, lo primero que se ve al ingresar son dos autos, un Volkswagen y un Ford. Hay que entender que el orgullo proviene de las fábricas argentinas que ensamblan estos autos y no de la propiedad intelectual que poseen las casas matrices en sus países de origen. Actualmente son las “industrias creativas” quienes acumulan capital a partir del patentamiento de cualquier obra que pueda plasmarse con copyright que es lo mismo que decir que la riqueza se obtiene mediante los derechos de propiedad intelectual.

La creatividad, fuente ilusoria de riqueza

En esta complejidad es posible preguntarse por las apropiaciones que se construyen alrededor de la definición de creatividad como producto de la genialidad individualidad, en detrimento de la construcción colectiva de conocimientos, destrezas, talentos que las sociedades generan en relación con el saber/poder de la época. La definición como representación de la creatividad sólo retrocede a discusiones ya saldadas tanto en la filosofía política como en la práctica. Por lo tanto, lo que no se dice, es que su funcionamiento es gracias al trabajo mancomunado de sujetos diversos, asalariados, que con la legislación del copyright y en virtud del uso indiscriminado de las patentes aplicadas a individuos -físicos o jurídicos- obtienen, conservan y explotan ese plusvalor del trabajo creativo y colectivo.

Sin ir más lejos, encontramos en la división del trabajo dentro del parque tanto a nivel simbólico, como salarial, una variedad de tratos flagrantes que están ligados a los diversos roles que se deben ocupar en esta economía creativa. Por ejemplo quienes actúan de “guiás” dentro del parque, en general son estudiantes contratadas y pagadas por sus universidades. Es decir que las universidades, asumen el papel de empresas de trabajo temporario contratadas por la UEB (Unidad Ejecutora del Bicentenario), creada por la Presidencia. Los organismos son públicos, pero la organización del trabajo es la misma que se aplica en el mercado. En este caso, la UEB actúa como Disney World y en vez de recurrir a Manpower, tiene universidades que le ofrecen el mismo servicio que aquellas empresas dedicadas a los “recursos humanos”.

Es decir, las economías creativas funcionan de manera complementaria al neoliberalismo ya que se nutren de las herramientas creadas por el sistema flexibilizando y tercerizando el trabajo -material e inmaterial-. Y a nivel simbólico, utilizan a la cultura como “palabra mágica” que, por arte del espectáculo, hace desaparecer la economía. Entonces, solo queda la buena voluntad de pasantes, que “necesitan” adquirir experiencia laboral. Es probable que los artistas de Fuerza Bruta reciban un buen pago, y seguro que no en créditos de transporte -como hacen con los pasantes-. Es que esta economía también es del fragmento y los empleados obtienen diversos “contratos de trabajo”, lo que genera que cada situación sea diferente a la otra impidiendo de esta manera cualquier tipo de solidaridad entre trabajadores/as. Incluso, los artistas pueden llegar a recibir peor trato que los pasantes sin que eso provoque la menor idea de un destino compartido. Una entidad como Tecnópolis, capaz de convocar millones de espectadores, puede transformar al público en el pago del artista, así el estatuto del artista se vuelve aun más precario porque su paga se da con la moneda incierta del reconocimiento posterior. Eso funciona porque el artista es visto como un “creativo” y no como un trabajador, y este es el resultado máximo de la industria creativa: achicar los precios para los grandes y pagar con ilusiones a los pequeños. Las esperanzas de esos últimos están alimentadas por el pago descomunal, esta vez en moneda real, que se le otorga a unos pocos ya reconocidos como plenamente “creativos”. En este escenario de la creatividad, la guía o el/la empleado/a de limpieza, es decir, los denominados “trabajadores”, juegan roles subordinados y despreciados, como el factor “no creativo” de la escena. Dicho de otra manera son considerados como objetos inanimados, los sobrevivientes de una vieja y pesada economía del trabajo que la nueva y brillante economía creativa tiene que ocultar.

Hacia fines del siglo pasado en Europa occidental, más precisamente bajo el ala de Tony Blair se introduce la idea del cambio de la concepción de las industrias culturales por las “industrias creativas”. Esta nueva denominación supone que además de las industrias culturales tradicionales, hay otras tantas como el diseño, el software con todas sus derivadas, las artes no tradicionales, la arquitectura, donde se destaca el potencial “creativo” y por lo tanto se valorizan comercialmente los objetos y servicios que desarrollan. En su definición se hace hincapié en aquellas industrias que tienen su origen en la creatividad, la habilidad y el talento inicial y que tienen gran potencial para la creación de empleo y riqueza, mediante la generación y explotación de la propiedad intelectual.

Este parque nos invita a participar de una carrera perdida de antemano, porque son exactamente los términos de esta carrera los que están errados. Una manera de romper con la propiedad intelectual la ha dado China, con la ayuda involuntaria de los europeos y norteamericanos. Esos últimos mandaron a fabricar todos “sus” inventos por los cuasi-esclavos chinos durante más de veinte años, con la creencia que podrían guardar el alto valor agregado de la “creación” (en realidad, solo el diseño y la publicidad) de manera indefinida. Ya se sabe como termina el cuento: China salva la economía de Estados-Unidos durante la crisis financiera (pero también de producción) del 2008 para que pueda seguir comprándole. En otras palabras, el único valor de las viejas potencias en la economía real actual son sus consumidores, pues “sus” copyright no sobreviven frente a la socialización (o la “piratería” como criminalización) acelerada del conocimiento.
Entonces, ¿por qué exponer un Volkswagen y un Ford construidos en Argentina en la entrada de un pabellón, curiosamente bautizado “Orgullo Nacional”? ¿No será mejor cambiar la marca y no pagar los derechos de autor, es decir, la patente? Tecnópolis acuña la idea de patente y de derecho de autor cuando, a toda luz, y por razones estratégicas no convendría hacerlo porque la noción misma de autoría contribuye a acrecentar el “monopolio artificial” de los países centrales. Tanto el Ford como el Volkswagen han sido creados por la acumulación de saber social – los trabajadores de las fábricas, pero también los usuarios que han ido formando el nuevo modelo de auto. De manera que pagar una patente a unos ejecutivos de Nueva York o Frankfurt es absurdo.

El pasado de una ilusión

Como lo sugiere su nombre, Tecnópolis es una apología a las ciencias, la publicidad anuncia: “decir presente mirando al futuro”, un futuro necesariamente mejor gracias a un desarrollo infinito de las tecnologías. Esta creencia en las ciencias como factor esencial del bienestar de la humanidad, es una ideología que tiene nombre: el positivismo, y no es precisamente novedosa. Nace en la primera mitad del siglo XIX, y el siglo XX se encargó de destrozar todos sus fundamentos, y hoy nadie puede creer que el desarrollo de las tecnologías e industrias sea un factor de bienestar; todos sabemos que la línea de montaje de la fábrica fordista puede construir una unidad (un auto) o destruir una unidad humana (por ejemplo, un gitano en la fabrica de muerte de Auschwitz). La ilusión del positivismo quedó desnuda al entrar en Birkenau.

Ya es un lugar común decir que la ciencia no trae necesariamente progreso, y la misma idea de progreso es sospechosa. Pues esta idea conlleva otra, la de desigualdad entre los pueblos, ya que supone que hay unos que son más avanzados que otros. En definitiva, eso también puede significar que unos pueden llevar sus luces a otros, la hegemónica racionalidad occidental. Sin dejar de mencionar que estos han sido (y siguen siendo) los argumentos y/o pretextos para el colonialismo. No es casualidad que el mismo tipo de ferias hayan sido himnos a las ciencias a la vez que al colonialismo (no se puede olvidar que la gran época de las Exposiciones Universales culmina con la Exposition Coloniale Internationale de París en 1931). Así que visitar Tecnópolis, es ante todo una visita hacia al pasado, o a un futuro del pasado que ya se mostró como una ilusión trunca.

El parque como laboratorio del mensaje político

La producción de mercancías culturales no se limita a estar dentro del museo o la galería. Ropa, muebles, diseño web, cine en todos sus formatos, libros, objetos, poesía, es decir, cualquier artefacto que sea modificado por la concepción de la producción creativa. Con la excusa de la creatividad, la participación en formato de “red social” se ha vuelto una “palabra clave”, pero sin dudas se aplica a contenidos muy diferentes. Así, unos meses atrás, políticamente colapsada por la crisis económica, Islandia empezó a escribir una nueva constitución. Para supervisar esta tarea, se eligieron veinticinco ciudadanos ordinarios, que presentaron esbozos a todos los demás ciudadanos que fueron corrigiendo, discutiendo punto por punto, a través de herramientas de Internet (Twitter, Facebook, YouTube). Todos los “ciudadanos” tuvieron la posibilidad de participar en la escritura de la ley fundamental del Estado, gracias a algunas herramientas tecnológicas relativamente simples y de usos corrientes. Algunas muestras de Tecnópolis vienen con esta idea de participación de los visitantes que juegan con la interacción de objetos, pero la lógica general es la de un espectáculo sellado que el visitante recepciona y el organizador muestra. El Estado habla, el ciudadano escucha.

“El agua es vida”, “el agua es diversidad”, “el agua es…”; las frases están puntuadas por el sonido de gotas que caen en un pozo. La autoridad con que salen las palabras del parlante y la rítmica de las gotas dan la sensación de sentencias definitivas, indiscutibles. Es el sentido común: ¿Cuál es el monstruo que dirá que no hay que cuidar el agua de nuestro planeta? El problema no es el mensaje, es la manera de decirlo y a quien se dirige. Pues se dirige al público en general, a vos, a nosotros, sugiriendo que somos los responsables: dejamos la canilla abierta un minuto más que lo necesario, ¡imagínense el número de gotas que representa eso! ¿Por qué no dirigen este mensaje a los industriales que usan el 70% del agua potable? Por ejemplo, las empresas de minería a cielo abierto que destruyen pueblos, contaminan las aguas, y se llevan todas las riquezas.

Pero en Tecnópolis no hay minas a cielo abierto, como tampoco hay soja transgénica en su pabellón dedicado a la agricultura. El gran logro del parque es no hablar de todas las tecnologías nuevas y controvertidas, de manera que la realidad de los “avances de la ciencia” no entorpezcan el relato de una ciencia al servicio del bienestar de la humanidad futura. Pues, obviamente, si se empieza por hacer un balance de las ciencias aplicadas a la economía argentina actual, hay necesariamente que reconocer que rompe con el medio ambiente, la biodiversidad y la simple vida de los niños que ya no pueden tomar agua en las cercanías de las minas. Es decir que va en contra de todos los valores pregonados por la misma EsquizoPolis.

Quizás lo más grotesco de la visita sea el principio, antes de entrar al parque, en el “estacionamiento” de autos. Tecnópolis tiene un gran espacio reservado a los autos, pero nadie se tomó el trabajo de racionalizar mínimanente el mismo, de manera que hay solo dos filas de autos estacionados a lo largo de 800 metros, y queda sin utilizar casi un tercio del espacio. Como si las tecnologías – en este caso urbanísticas – fueran solo objetos de espectáculo y no de usos prácticos. El resultado es que luego de haber recorrido la fila colapsada, un auto termina estacionándose al borde de la autopista, donde un trapito promete cuidar el coche. Quizás el trapito sea el insospechable factor de desarrollo urbanístico digno de la floreciente ciudad del futuro. El himno a las “nuevas tecnologías” no llega al estacionamiento, aunque éste si establezca un uso creativo de Tecnópolis.

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